07.25.07
La lengua de los matices
Con frecuencia, estamos ávidos de aprender idiomas extranjeros como el chino mandarÃn, inglés o francés. Tal vez alemán. Claro, ello evidentemente porque nuestro lenguaje materno se llama español. Y nos permite decir que queremos saber otros dialectos. En castellano, somos la comunidad hispanohablante. Aquella que conserva una lengua de los anales de la humanidad. Que utilizó Gustavo Adolfo Bécquer para enamorarse cada vez más de Julia EspÃn y que inmortalizó el literato guerrero Miguel de Cervantes Saavedra con su personaje, El quijote de
la Mancha.Â
También somos el segundo idioma más estudiado del mundo. Después del británico. Al menos, 14 millones de aprendices se dirigen, cada dÃa, a sus centros educativos para descubrir las argucias de la conjugación múltiple y el pronunciar neutral. Tal vez por su trascendencia histórica,
la Organización de las Naciones Unidas (ONU) la tiene como una de sus seis lenguas oficiales. Un dato final: más 450 millones de personas la tienen como lenguaje aborigen (hay información que considera el billón). Pero las cifras sorprenden, pero no conmueven. Es como en el periodismo: más vale contar una historia particular y singular y, a partir de ella, tejer el tema central, que lanzarse a escribir innumerables estadÃsticas. Ello deviene en la identificación del lector.Â
El idioma castellano. Qué decir de él. Hoy no habrá espacio para llenar nuestros cerebros de pensamientos meramente mercantiles o utilitarios. Es bien importante el español desde el punto de vista económico y empresarial, eso es sabido. Pero, en el presente texto, reflexionaremos un poco sobre aspectos profundos del lenguaje. Empecemos con el tÃtulo: los matices. ¿Por qué digo ello? Pues por las particularidades lingüÃsticas de nuestro idioma en los campos gramaticales y de redacción, que incluyen la significación (semántica) y el vocabulario (léxico).Â
En comparación a sus pares, la lengua castellana guarda un inmenso mar de precisiones descriptivas. Es decir, nos ofrece numerosos vocablos para evocar objetos distintos. Hay muchos grises. AsÃ, hace posible la comunicación de detalles minuciosos y, por ende, la transmisión fiel de nuestro pensamiento. Mientras que en el inglés, el adjetivo no se conjuga con el género y número (el calificativo old es el mismo para ‘una mujer’ –an old woman- como para ‘dos profesores’ –two old teachers), en el español, esta categorÃa sufre múltiples modificaciones dependiendo del objeto sobre el que actúa (decimos una mujer vieja y dos profesores viejos). Estas pequeñeces demuestran la naturaleza diversa de nuestro idioma. Ello no supone, de ninguna manera, algún tipo de superioridad frente a sus análogos. Cuidado. Se trata, simplemente, de una caracterÃstica particular de nuestro hablar. Que lo hace único y diferenciado.Â
Por lo expuesto, es válida nuestra aspiración a añadir un lenguaje nuevo a nuestro bagaje. Es enriquecedor cultural y lingüÃsticamente. Pero no debemos dejar de preocuparnos por nuestra forma más genuina de comunicarnos. Es como ‘La estética de lo feo’ de Baudelaire, que hurga por la belleza cotidiana y estimula la valoración de los elementos más cercanos a nuestro entorno. AsÃ, velar por el uso correcto de nuestra lengua, la castellana, es saludable y reconfortante. Porque es la que nos ayuda a hablar y ser cada dÃa. Digo ser rememorando aquella idea que asocia el pensamiento, la expresión y la vida misma.Â
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